Descripción
«Hace cinco años dejé la gran ciudad y vine a vivir al gran
monte. No sabía mucho de árboles ni de yuyos; no distinguía
un Algarrobo de un Tala o de un Chañar, y las diferencias
entre las hojitas del Burro, el Incayuyo o el Palo Amarillo eran
excesivamente tímidas. Acaso, ¿se me iba a ocurrir comer una
ensalada de Zinnia, Amor Seco y Verdolaga?, o ¿usar las chau-
chas del Espinillo para hacer un guiso? No conocía los peli-
gros de alacranes y de escalopendras, y las únicas víboras que
había visto eran fotos en un libro de Biología. Bastante corto
era mi saber sobre pepiteros, reina moras, chororós, monteri-
tas o cacholotes. Nunca había hecho un fuego o lavado ropa
en el río. Mucho de la gran ciudad se quedó allá. Acá todo era
nuevo, brillante, intrigante y misterioso. Una incertidumbre
inspiradora donde múltiples posibilidades me liberaban de la
tiranía de tener que saberlo todo. En cualquier cosa o circuns-
tancia yacía una expresión de asombro sin interferencias. Un
aullido vivo y oportuno…»

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